Cuentan Por Ahí

Cuentan por ahí en el San Felipe...

“Una vez escuché de una muchacha que tenía a su mamá muy enferma, al punto que la internaron en el Hospital San Felipe. El tratamiento era muy largo, pero sobre todo muy costoso, por lo que la muchacha mantenía dos trabajos a la vez. A pesar de lo cansado de sus días, en sus almuerzos o terminando sus turnos, siempre iba al hospital a acompañar a su mamá.

 

Una noche que había llegado después de su trabajo, realizó su visita quedándose casi toda la madrugada, su madre al verla tan cansada y trasnochada le insistió que volviera a la casa a descansar, a lo cual ella accedió de mala gana después de mucha insistencia.

A medida que se alejaba de la habitación, tomó su camino habitual, pero sin importar cuantos pasillos caminara y en cuantas esquinas doblara, no encontraba un camino de salida ni de regreso; los minutos parecían horas y la oscuridad iba consumiendo todo a su alrededor, cada pasillo se volvía más y más largo, caminó hasta llegar a la conclusión de que se encontraba irremediablemente perdida.

 

Desesperada y asediada por sombras de repente se encontró con una enfermera, muy alta y con una lunar sobre su labio, que gentilmente le calmo y le tomo del brazo para llevarla a la salida, mientras caminaban le decía que ya eran las 3 de la mañana y que también ya se iba del hospital. Cuando por fin cruzaron la puerta la muchacha suspiro con alivio.

 

Decidieron tomar un taxi juntas, primero subió la muchacha y luego la enfermera; ambas dieron sus direcciones y el auto comenzó su marcha. Después de intercambiar un par de palabras con la enfermera, la muchacha se quedó dormida. De repente el auto se detuvo y eso la despertó percatándose que la enfermera ya no estaba; el señor del taxi le dijo que ya habían llegado, pero que tuviera cuidado porque era muy noche y la podían espantar, a lo que la muchacha le contestó que esas eran puras supersticiones.

 

Al bajarse el taxista le insistió que tuviera cuidado a esas horas porque a su mujer la habían espantado, le había salido una enfermera muy alta y con un lunar sobre su labio; la muchacha sintió un frío terrible que la paralizó en su sitio, tartamudeando le dijo al señor: Pe…pe…pero yo venía con esa enfermera. El taxista rápidamente se persignó y le dijo: No niña, usted salió sola y entro completamente sola al taxi”.

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