Cuentan Por Ahí

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Cuentan por ahí en Omoa...

“Estaba de paso, visitando a mi abuelo en su aldea como todos los años, me hacía súper feliz ir de vez en cuando al mar, abrir la puerta y ver las olas reventar casi en mis pies, siempre era una sensación muy placentera.

 

Todas las tardes, salía a jugar con los niños ahí vecinos, era muy divertido estar correteando en la playa, pero cuando daban las 6, curiosamente el mar tenía un par de minutos de calma antes de empezar a estallar ola tras ola con furia, el mar bravo, antes que la luz se extinguiera totalmente, nos llamaban a cenar y acto seguido, cerraban las puertas con todas las llaves posibles, de niño realmente nunca me pregunté nada pero recuerdo muy bien que cuando queríamos volver a salir, nos decían que no, que no se podía, que cuándo el mar estaba bravo, nos avisaba que era hora de dormir. Sin tantas vueltas al asunto nunca protesté.

Año tras año siempre regresábamos, no podía dejar de percatarme de esta extraña casi costumbre que se les decía a los niños de no salir. Le pregunté a mi abuelo la razón de esto, mi sorpresa fue la seriedad con la que empezó a contarme.

Dice que los niños corren muchos peligros cerca del mar bravo, claro pueden ahogarse y estar muy indefensos, pero la verdadera razón, era que cada cierto tiempo en las noches, niños desaparecían sin explicación alguna y aparecía un muñequito de trapo días seguidos de su desaparición, yo realmente no creí esto y hasta me burlé.

Esa tarde casualmente, el mar se puso bravo y todos de nuevo a escondernos, cenar y dormir. Justo esperé eso para salir sin que nadie lo supiera y contar al día siguiente lo absurdo de esa creencia, más mi sorpresa fue salir y caminar frente a un mar tranquilo, habían tres aves blancas volando en círculo y empecé a sentir escalofríos, me quede hipnotizado viendo esto y sin darme cuenta, estaba con el mar al pecho, me asusté de sobremanera y trate de nadar a la orilla pero sentía como el mar me jalaba y jalaba, creí que no regresaría pensando en lo que me dijo mi abuelo, gracias a Dios regresé y llorando entré a casa gritándole a mi mamá, me auxiliaron y me dieron la macaneada de mi vida por curioso e irresponsable.

Al despertar a la mañana siguiente, todos me miraban con miedo y yo solo sentía vergüenza de haber desobedecido, horas más tarde mi hermanito menor apareció con un muñeco de trapo, pero solo tenía sus piernas, me puse a llorar del miedo ya que el muñeco estaba justo hasta la parte donde llego el agua a mi pecho. Hoy en día tengo 69 años y recuerdo esto como si hubiera sido ayer.”

 

Esta historia nos la compartió el Señor Alberto Bennett, protagonista de la historia.

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